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¡Feliz lectura!

      Patrick Shearer sobrevuela el Támesis, ignorando la impresionante vista panorámica, pues acaba de saber que está ante los últimos minutos de su vida.

      No es por un problema técnico o mecánico; la colosal noria gira con absoluta normalidad.

      Tampoco físico, pues puede presumir de haberse acostumbrado a sus problemas de vértigo (es de Nueva York), de soledad (es escritor), y de conciencia (lleva ya décadas guardando algunos secretos).

      Una tarde al mes, tiene la costumbre de reservar en exclusiva una de las treinta y dos cápsulas de cristal del London Eye, para deleitarse con el bello atardecer de su ciudad favorita a vista de pájaro. Desde el punto más alto siempre se reafirma en que, si su universo tuviera un centro, sería ese mismo. Qué duda cabe de que se ha ganado el derecho a tal excentricidad, si puede llamarse así.

      Nada de lo que hoy ocurre en el interior de la cápsula le indica que corre serio peligro de muerte. 

      Lo que a Patrick Shearer le ha encogido el estómago y le ha hecho palidecer, es la presencia de ella.

      La ha visto durante la segunda vuelta.

      A solo unos metros de la salida de la atracción, junto a la barandilla que da al río, la imponente figura de la que tantos años lleva escabulléndose lo mira sin pestañear. Es alta y atlética, con la piel muy pálida, nórdica. Sigue pintándose los labios de un rojo intenso. El cabello, del mismo color cobrizo de siempre, le cae hasta los hombros. No alcanza a distinguirse desde esa distancia, pero él sabe que lo miran dos iris de un azul gélido. Es el rasgo que siempre le ha provocado escalofríos.

      La mujer saca la mano del bolsillo del abrigo, y lo apunta con el dedo índice. Lo flexiona como si apretase un gatillo imaginario, se lo lleva a los labios, y sopla.

      Después de tanto tiempo, lo ha encontrado.

      El escritor mira a su alrededor tratando de encontrar algo que le permita escapar. Pronto comprende lo trágico de la situación. Está atrapado en una jaula de cristal, y cuando el viaje finalice y las puertas se abran, ella estará allí para darle la estocada final.

      «No tengo escapatoria.»

      Instintivamente, cierra los ojos, y sus pensamientos se arremolinan en torno a una persona, la que dio comienzo a todo y cambió su existencia para siempre.

      Ha llegado el momento de desvelar el gran secreto. Siempre entró en sus planes hacerlo antes de morir, como el gran giro final de una de sus novelas de intriga. Solo que no esperaba tener que hacerlo tan pronto. Ni en esas condiciones.

      El teléfono devuelve tono, lo cual es un buen comienzo. Cuando ella responde, él se queda en blanco, sin saber qué decir.

      —¿Hola? —apremia ella al otro lado de la línea.

      —¿Es Mónica Lago?

      —La misma. ¿Quién es?

      —Debo hablar con usted de un tema de suma importancia.

      —Dígame. ¿Con quién hablo?

      —Mi nombre es Patrick Shearer. El escritor británico.

      —¿Cómo dice? Mire, no creo que sea la Mónica Lago que está buscando.

      —Usted es la inspectora Mónica Lago, perteneciente al grupo de Homicidios de la Policía de Madrid.

      Un breve silencio.

      —¿Cómo ha conseguido mi número personal?

      El escritor duda. No ha previsto tanta resistencia.

      —Eh… En la página web de la Policía Nacional.

      —Si quiere poner una denuncia, señor Shearer, llame al teléfono de la Policía o persónese directamente en una comisaría. Si por el contrario quiere documentación para una de sus novelas, ha llamado a la poli equivocada. Ahora, si me disculpa, estoy de vacaciones.

      El intermitente pitido indica que la conversación ha finalizado. El escritor suelta un exabrupto hacia el reloj del Big Ben. Se fija en la hora. Aún le quedan más de diez minutos antes de que tenga que abandonar la cápsula.

«¿Qué opciones tengo?»

      Consciente de que ya es hombre muerto, se apresura a sacar el portátil de la mochila, y lo coloca sobre el asiento elíptico que ocupa el centro de la cabina. Se conecta al wifi de la ciudad y abre el servidor de correo. Redacta un breve mensaje y lo guarda en la carpeta de Borradores.

      Alza la vista un instante para comprobar que su cabina está ahora en el punto más bajo de la inmensa rueda. Ella lo está mirando. Su arrogante sonrisa, la de aquel que se sabe vencedor, le revuelve el estómago.

      Regresa a la pantalla del portátil, pues no le queda mucho tiempo, y lo que tiene que hacer ahora requiere toda su concentración. Desde el editor de texto, abre el documento más reciente. Realiza algunas anotaciones que precisan de sus mejores dotes de escritor, y lo adjunta en un nuevo mensaje de correo que también guarda para más tarde.

      La noria se ha detenido. Los ocupantes de las cabinas inferiores están empezando a abandonar la atracción. Ha llegado la hora.

      Guarda el portátil en la mochila y se la cuelga del hombro. Respira hondo mientras su cápsula desciende hacia la pasarela de salida. Es la siguiente.

      «No se atreverá a abatirme delante de todos estos turistas», piensa, en un halo de esperanza, cuando la melena roja se mezcla entre el gentío. Cuenta con esa baza y va a aprovecharla. Evitar los callejones, mantenerse siempre cerca de la multitud.

      Las puertas de cristal se deslizan.

      El escritor se abre paso entre la gente para salir corriendo por el paseo del Támesis, dejando el río a su izquierda. Algo va mal. ¿Dónde está ella?

      El olor a hierba mojada de Jubilee Gardens penetra en sus orificios nasales durante la huida. Si quiere dejar atrás el puente de Hungerford sin necesidad de cruzar el pasadizo subterráneo, escenario perfecto para que una experimentada asesina le dé el toque de gracia, el escritor debe desviarse. A medida que corre, la multitud se va dispersando, lo cual es una pésima noticia. «¿Dónde se ha metido?»

      En otros tiempos, Patrick Shearer quizá habría saltado al río y se habría agazapado bajo uno de los muelles. Puede que hasta se hubiera animado a cruzar nadando hasta la orilla opuesta. El problema es que hace años que las dos horas semanales de cardio dejaron de ser suficientes. El paso del tiempo —y los cruasanes del Costa Cafe a los que se ha vuelto adicto— lo han vuelto viejo y previsible. Ya ni siquiera puede correr unos cuantos metros sin jadear.

      «Estoy vivo —no para de repetirse, mientras deja que la adrenalina se ocupe de la faceta física—. Grandes noticias.»

      Parece que ha conseguido despistarla cuando llega al siguiente puente: el Blackfriars. Las escaleras de piedra que conducen al otro lado del paseo se encuentran cortadas por obras, así que solo le quedan dos caminos posibles: dar media vuelta, o probar por el paso subterráneo. Animado por su pasado aventurero, se arma de valor y se adentra.

      Un halógeno defectuoso parpadea en la oscuridad. El resto están fundidos.

      —No deberías haber salido corriendo —resuena en la negrura. Su acento de Illinois es fácil de reconocer, a pesar de que han pasado muchos años desde la última vez que coincidieron.

      Inmóvil, el escritor aguanta la respiración. Por cómo ha sonado su voz, es posible que la tenga muy cerca. Todo está negro, y solo en el instante en que el halógeno parpadea, es capaz Patrick de distinguir una silueta humana.

      —Por fin te he encontrado, después de tanto tiempo —celebra ella. A pesar de la oscuridad, el escritor imagina sus ojos refulgiendo como diamantes—. Ahora, dime: ¿dónde está?

      —Hace mucho de aquello —balbucea el escritor, vulnerable como hace años que no se siente—. He perdido su pista.

      —No pensarás que me voy a creer tal embuste.

      Las palabras de la mujer van acompañadas de una sorna ofensiva, pero él siente que le sube la adrenalina. «Después de todo, siguen perdidos como el primer día», piensa, relamiéndose.

      —Dime dónde está, o morirás en este callejón con olor a orín.

      El escritor se retuerce, consciente de que va a morir de todos modos.

      —Te diré lo que quieres saber —dice al fin, tirando de su última carta. Escoge con cuidado las siguientes palabras, que deben sonar verosímiles. Por suerte, el oficio de escritor conlleva una entrenada capacidad de improvisación y un notable manejo de la suspensión de la incredulidad.

      Termina de hablar, y el pasaje subterráneo queda en silencio. Transcurren los segundos y no sucede nada. «¿Me ha dejado con vida?» Siente un fuerte empujón justo en el momento en que la luz del halógeno se enciende, iluminando una cabellera roja. No sabe que lo ha apuñalado hasta que empieza a sentir un calor abrasador en la zona del estómago. Con el siguiente parpadeo de luz, descubre un orificio en la camisa, enmarcado por una mancha oscura. Cuando se lleva la mano libre a la herida, enseguida se le cubre de sangre.

      —Me ha gustado darte caza todos estos años —dice la mujer antes de marcharse. El eco de sus tacones se pierden en la lejanía.

      Una vez a solas, el escritor vuelve la vista hacia la salida del túnel. No le queda mucho tiempo. Podría llamar a una ambulancia, pero estaría desangrado para cuando llegase. Además, no quiere morir entre olor a orín, como ha dicho ella.

      Realizando un gran esfuerzo por caminar, piensa en el secreto que lo ha acompañado durante media vida. El miedo a que se pierda con él es mucho mayor al de su propia extinción. Además, ella está en su búsqueda, ahora lo sabe con certeza. Debe impedir que ese monstruo se salga con la suya.

      Una luz de neon parpadea ahora en su cerebro: TRANSMITE LOS MENSAJES.

      La zona del abdomen le arde cuando sale al paseo por el lado opuesto. La brisa de verano le acaricia el rostro, como si algún ente incorpóreo le diera la bienvenida al otro mundo.

      Temblando, alza el teléfono y lo desbloquea. Dedica toda la energía que le queda a abrir el servidor de correo y acceder a la carpeta de Borradores. Envía los dos emails, y realiza una última llamada de despedida. Después arroja el teléfono al río. Por fin respira aliviado. 

      «Debo encontrar la manera de llegar al puente —se recuerda—. Tienen que saberlo.»

      Es un milagro que haya llegado al Millenium Bridge por su propio pie. Los rostros de quienes transitan la zona, en una tarde calurosa como esa, lo miran con horror cuando se fijan en la grotesca herida que no deja de sangrar por debajo de la camisa.

      Retorciéndose de dolor, sube los peldaños que dan acceso a la pasarela peatonal. Si se mira de frente, desde la posición en la que el escritor se encuentra, el puente del milenio parece una araña robótica que extiende sus patas hacia la catedral de Saint Paul. Por fin ha llegado.

      Aunque siempre se ha guiado por un pensamiento espiritual, él no es católico, y sin embargo se santigua frente a la catedral antes de abalanzarse contra la barandilla de metal. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, pasa ambas piernas por encima, y se deja caer sobre una viga que conforma una de las patas de la araña. Acto seguido, con cuidado de no precipitarse al río, se arrastra por la viga hasta los tensores metálicos del puente. Por último, se tiende sobre ellos con la vista fija en el cielo de su ciudad favorita, esa tarde despejado y con tintes anaranjados.

      La suave brisa del Támesis juega con su flequillo mientras su vida, según siempre se dice, pasa ante sus ojos. Debido a la celeridad con la que la muerte le da caza, el escritor solo alcanza a ver hasta los años en los que todo se torció y su vida pasó a convertirse en una serie de difíciles decisiones.

      Muere a los pocos segundos, con el anhelo de que sus mensajes sean recibidos, comprendidos… y perdonados.

(Primer capítulo de la nueva novela de Luis A. Santamaría. Estate atento los próximos días para conocer todas las novedades y ventajas del lanzamiento).

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