Estás a punto de leer en exclusiva el primer capítulo de mi próxima novela. Apúntate gratis a mi lista de correo (si no estás apuntado/a ya), y recibe todas las novedades relacionadas con el gran lanzamiento.

 

¡Feliz lectura!

    Hace algunos años, en una entrevista para un periódico local de Salzburgo, Zoé recibió una pregunta interesante: ¿qué es lo peor que le puede pasar a un músico?

    Lo primero que se le pasó por la cabeza fue: «errar en una nota clave durante el clímax de la actuación», pero no contestó de inmediato. Aquella era una pregunta que merecía reflexión.

    Se le ocurrió que también sería devastador vomitar en pleno escenario, algo que había estado cerca de sucederle cuando era aún una principiante. O, peor todavía, vomitar en el escenario por haber errado una nota clave durante el clímax de la actuación.

    Perderse el concierto de año nuevo por contraer varicela había sido un palo —¿qué adulto contrae esa enfermedad hoy en día?—, y lo empeoró el hecho de haber sido sustituida por la fresca de Teodora Novak. Pero dudaba que aquello fuese lo peor. A principios de los años sesenta, cierto batería de Liverpool fue destituido de un grupo desconocido de rock alternativo que más tarde se convertiría en The Beatles. Sí, eso debió de doler. Muchísimo.

    Zoé Zimmermann había dedicado la segunda mitad de su vida a la práctica del violín. Fue licenciada en filosofía y letras por la Universidad de Viena, donde se graduó con una nota media de nueve con tres. Pero su relación con el éxito se volvía interesante cuando deslizaba el arco por las cuerdas del instrumento. La media en la prueba de admisión en el conservatorio de Viena era cincuenta y siete. ¿Su nota? Sesenta y uno. Desde entonces ha estado persiguiendo la excelencia con los mejores profesores de Europa. Los sábados por la noche, mientras sus compañeras de facultad salían a emborracharse y perder la virginidad, Zoé se citaba con sus mentores —Tchaikovsky, Mendelssohn y Bach, entre otros— y se dejaba seducir.

    Cuando tenía treinta y tres años, su mano izquierda dijo basta durante un ensayo. Dos horas después le estaban haciendo una resonancia que le diagnosticaría síndrome Kiloh-Nevin, una parálisis del nervio interóseo anterior producido por una actividad excesiva. Requirió una intervención que duró dos horas. «Tu muñeca se va a recuperar —le explicó el cirujano a las pocas horas de abandonar el quirófano—, pero no es recomendable que sigas tocando, y dedicarte a ello de manera profesional queda completamente descartado».

    Zoé volvió a tocar seis meses después, y se subió a un escenario al cabo de año y medio. Cuando cumplió treinta y seis años, superó las pruebas de acceso de la Orquesta Sinfónica de Viena.

    Con cuarenta años recién cumplidos, Zoé Zimmermann brilla con luz propia sobre el escenario del teatro Kosta de Getxo. Viste un conjunto largo cuyos brillantes centellean bajo los focos que van y vienen al ritmo vertiginoso de la música folclórica que interpreta su banda. Porque, sí, Zoé lidera su propia banda. Es el vigésimo concierto de la gira europea, y a estas alturas del espectáculo, los dedos de la violinista se mueven con vida propia.

    Solo cerca de quinientos afortunados, fanáticos de la música folk, llenan el teatro. El ambiente en el interior es más bien denso. Los altavoces junto al escenario son más grandes que la fachada de su residencia de estudiantes en Viena. En torno a ella, los miembros de su banda tocan de memoria. Los rostros de las primeras filas la observan sin pestañear. Si comete el mínimo error, lo notarán. Su profesor en el conservatorio, que en paz descanse, está en algún lugar atemporal, diciéndole telepáticamente que mantenga el ritmo. «Un, dos, tres, cuatro.»

    Zoé mantiene el ritmo. «Un, dos, tres, cuatro». Bocanada rápida. «Un, dos, tres, cuatro».

    Están tocando una adaptación de Libertango, un tema trepidante que requiere maestría, práctica y mucha concentración. Dos datos importantes antes del final del tema, que será dentro de dos minutos: uno, que la única salida posible desde el escenario es por la puerta trasera que conduce a la tienda de regalos. Y dos, que en este instante del espectáculo, justo antes de la pausa para el intermedio, Zoé debe avanzar hasta la parte frontal del escenario. En este momento está casi rozando el foso.

    Entonces ¿por qué no ve lo que está a punto de suceder?

    No lo ve porque, cada vez que la actuación atraviesa un momento álgido, como ahora, los técnicos activan la máquina de humo para dotar al show de un efecto espectacular. Si Zoé no hubiera tenido la cara envuelta en una nube blanca, quizá habría visto la primera explosión. No tiene tiempo de adivinar de dónde provienen los gritos porque está a punto de ser una de las víctimas de un ataque terrorista.

A la pregunta sobre qué era lo peor que le podía pasar a un músico, Zoé finalmente respondió: «perder el sentido del oído». Pero eso, por supuesto, fue antes del ataque al Kosta.

(Primer capítulo de la nueva novela de Luis A. Santamaría. Estate atento los próximos días para conocer todas las novedades y ventajas del lanzamiento).

3.png