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UNA NOCHE BRILLANTE BAJO LOS FULGORES DE MANHATTAN

Actualizado: 13 de feb de 2019


El texto de hoy es continuación de este artículo, y, asimismo, basado en los emails de bienvenida que envío a los nuevos miembros de mi lista de correo.


Reflejos en el espejo, primer libro que me propuse escribir y que finalmente autopubliqué, fue fecundado en algún momento de 2010, durante un viaje que hice con mi hermano a Nueva York.


Un largo vuelo en avión. Un partido de los Knicks. Dos hermanos que soñaban con abrir un bar mientras bebían cócteles en las nubes. El bar iba a llamarse Danilo, porque era el nombre del jugador que había metido la canasta ganadora del partido de esa noche (así de simples éramos). La felicidad encontrada al otro lado del globo. Instantes que, aún hoy, se pueden tocar y saborear. Momentos que en su momento metí en un mortero y fusioné en una diminuta semilla puramente creativa.



Esa semilla no aspiraba a una novela, sino a una declaración de intenciones. En ese momento yo no ansiaba convertirme en escritor, ni conformar la mejor historia posible, ni ganar un Premio Planeta. Por supuesto, ni hablar de webs y blogs literarios. Cuando hablo de declaración de intenciones, lo hago en el sentido de plasmar en palabras mi filosofía de vida. Guardaba dentro de mí un torbellino de ideales y principios que, según mi punto de vista, ayudarían a mucha gente a ser un poquito más feliz. También guardaba una colección de vivencias a las que quería inmortalizar. Ese torbellino fue liberado gracias a la literatura. Convertirme en escritor era un medio, nunca un fin.

Recuerdo que, mientras escribía Reflejos en el espejo, no seguía un esquema ni me molestaba en investigar consejos de otros escritores. No me apunté ningún curso de técnica. Tampoco tenía perfiles en las redes sociales, ni blog literario. ¡No sabía lo que era una lista de correo! Mis familiares y amigos no sabían que estaba escribiendo mi primer libro. Aquello lo hacía simplemente por liberar mi deseo, y me daban igual las reglas o trucos.

Ahora miro atrás y me doy cuenta de que, profesionalmente hablando, fue un error. Reflejos en el espejo contiene algunas irresponsabilidades literarias que cualquier escritor (y yo mismo) criticaría. Cuando reúno el valor suficiente para leer algún capítulo, llego siempre a la misma conclusión: si lo escribiera ahora, lo haría muy diferente; lo haría mucho mejor. Pero si lo pienso en frío, no estoy del todo seguro de mi propia afirmación. Reflejos en el espejo, considerada una novatada, guarda mi pasión más pura, la inocencia y humildad de un escritor que ni siquiera sabe que lo es.

Al igual que Daniel, el protagonista de la novela, soy muy perfeccionista. Hoy en día ni se me ocurriría publicar una novela con tan poco rigor literario. Sin embargo, y a pesar de todo, creo que mi camino está un poquito ligado al de Daniel. También el de los lectores. No sé lo que me deparará el futuro, ni si mis novelas tendrán mucho o poco éxito. Pero lo que tengo claro es que mi mayor proeza fue enfrentarme al folio en blanco y escribir el prólogo de Reflejos en el espejo.


Finalmente no llegamos a abrir ese bar, pero Daniel, en el segundo acto de la novela, sí visita un restaurante. Ese restaurante se llama El Danilo.

Todo empezó una noche brillante bajo los fulgores de Manhattan.


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Copyright© Luis A. Santamaría

Fotografías de autor realizadas por L.A.María Pérez