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PRIMER CONTACTO

Actualizado: 13 de feb de 2019


Gran parte de este texto (y de algunos otros artículos que escribiré) está sacado de los emails de bienvenida que envío a los suscriptores de la lista de correo. Ahora he creído interesante compartir esta información con el resto del mundo, pues muchos aspirantes a escritores pueden sentirse identificados con lo que voy a contar. Si por el contrario eres lector, te ayudará a conocerme un poquito más de cara a ascender a otro nivel nuestra relación autor-lector.


¿Por dónde empiezo?


Aunque no te lo creas, me licencié en ingeniería de telecomunicación. Siempre me obsesionó la ficción (el cine, los libros...), pero se me daban mejor las mates (qué le vamos a hacer). Mi pasión por la escritura no me vino hasta que tenía 24 años, más o menos. Yo acababa de mudarme a Madrid por motivos de trabajo y mi vida social no ocupaba, ni de lejos, mi tiempo libre. En otras palabras, en aquellos tiempos me aburría. Me aburría MUCHO. En este escenario tan poco emocionante, y cansado de los anodinos programas de la televisión, en mi cabeza empezó a culebrear una historia que meses más tarde se convertiría en un borrador.


Se estaba produciendo el...



Ese borrador no estaba bien escrito, esa es la realidad, pero tenía autenticidad. Estaba hecho con amor y cariño, como suelen decir los cocineros. Se lo di a leer a mis primeros lectores beta (en esa época no los llamaba así, sino «gente que me quiere y que se presta a leer mis cositas»), y resultó que ese esbozo de novela les gustó más de lo que me imaginaba. El feedback recibido fue la gasolina que necesitaba para retocar la trama, maquetarla e imprimir unos pocos ejemplares.


Yo mismo diseñé la portada. Nunca había manejado el Photoshop, pero me defendía con la fotografía, y, curiosamente, ese año le había tirado una foto estupenda al templo de Debod, en Madrid (fíjate lo que me aburría que me iba solo a sacar fotos de piedras antiguas). Resulta que una de las escenas más románticas de la novela transcurre allí, en esas piedras tan espectaculares, así que solo tuve que añadir el título a la fotografía y cambiar algunas sombras, luces y saturaciones, y ya la tenía: mi primera portada.


Fotografía original. Templo de Debod, Madrid (2011)

Reflejos en el espejo no es mi mejor novela, pero fue la chispa que encendió eso que ahora me impulsa a escribir a diario. Es un cuento de superación personal, de vencer a los miedos propios y de aprender a ser feliz. Supongo que era lo que me decía a mí mismo cada día: «esfuérzate por ser feliz, todo va a mejorar.» Mi propio libro de autoayuda, al fin y al cabo.


No he vuelto a leerlo. Me da miedo hacerlo, porque sé que desde entonces he evolucionado mucho como escritor, así que no me va a gustar lo que lea. Eso sería dramático, porque es, con diferencia, la historia que más me representa de todas las que he escrito. Te contaré un secreto: muchas veces he pensado en reescribirlo. Algún día lo haré, puede que cuando termine de escribir Mensajes ocultos. Estoy hablando de pequeños matices, cambios en el estilo y mejoras en la caracterización de los personajes.


¿La historia? Nunca la modificaría.


Fue lo que lo cambió todo.


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