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LA PRIMERA VEZ QUE ME SENTÍ ESCRITOR

Hoy voy a contarte una historia increíble de la que guardo un especial cariño. Es una historia que ya conté en mi antiguo blog, y hoy, mucho tiempo después, quiero recordarla.


El 20 de junio de 2014 me escribieron desde Torreperogil, un bonito pueblo de la provincia de Jaén, para hacer una presentación. Hacía dos años que había autopublicado mi primera novela, Reflejos en el espejo, y era la primera vez que me pedían algo así.


Podría decirse que mi carrera de escritor empezó aquí, pero, a decir verdad, en aquella época no me consideraba escritor, de la misma manera que no es futbolista aquel que juega con sus amigos las típicas pachangas de los domingos por la tarde. Fue a partir de ese 20 de junio cuando mi chip cambió.


A eso de las 12 del mediodía de aquel viernes, bajé de mi coche tras casi cuatro horas de viaje e inmediatamente fui abordado por un ejército de niños histéricos. «¿Quién creen que soy?», me decía. «¿Acaso piensan que he ganado un Óscar?» No entendía absolutamente nada. El caso es que me llevaron a la sala de música del colegio, donde los niños formaron un corro a mi alrededor y me abordaron a preguntas de todo tipo: «¿Qué porcentaje de memoria gastas al escribir?», recuerdo que me preguntó uno de los más extrovertidos. Menuda preguntita... Otra memorable fue: «¿te gustaría viajar al pasado para volver a la escuela?» Después de más de una hora de charla y otro rato que dedicamos para la firma de los libros, nos hicimos algunas fotos:



Hago aquí un parón para subrayar lo feliz que me siento al pensar que mi novela descansa aún en los dormitorios de esos renacuajos.


Después del colegio me llevaron al instituto, y fue completamente diferente. Si en el colegio tenía que multiplicarme para responder a las muchas preguntas que se superponían y se pisaban las unas a las otras, en el instituto asistí, delante de 15 quinceañeros sorprendentemente atentos, a mi primer club de lectura. Los chicos vinieron con los deberes hechos, pues habían leído la novela previamente. Además, después me dijeron que la charla había sido de libre asistencia, de modo que todos estábamos allí por o mismo: hablar de la novela y de escritura. ¡Qué bien lo pasé! Por primera vez tuve la oportunidad de enfrentarme a mis mayores críticos, los lectores, y compartir sus impresiones acerca de la historia. Fue una sensación estupenda, y pocas horas después pude repetirla en la biblioteca pública de Torreperogil.


Tras hacer un inciso para picar algo en las tabernas del pueblo y conocer a gente estupenda (gracias, Chus, por ser la artífice de toda la visita), le llegó el turno a la biblioteca, donde me tenían preparada otra presentación (¡hasta habían colgado carteles por el pueblo!) Allí volví a encontrarme con algunos de los niños que había conocido por la mañana (esta vez acompañados de sus mamás y papás), y también con algunos profesores y vecinos. Volví a responder preguntas (uno no se llega a cansar de responder a curiosidades sobre una novela propia, aviso), e incluso me animaron a leer en voz alta un pequeño fragmento de la novela. Es algo que no había hecho nunca, y reconozco que me puse nervioso al recitar algo que hasta entonces solo había salido de mi cabeza y las yemas de mis dedos.


Regresé a Madrid pasadas las diez de la noche, derrotado y todavía en estado de shock. Esa noche salí a cenar con Silvia y, con el dinero recaudado, disfrutamos de una espectacular bandeja de gambones de Denia. Sin saberlo, estábamos celebrando que me había convertido en escritor.


¡Gracias, Torreperogil!



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