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LA PRIMERA AUTOPUBLICACIÓN

Actualizado: 14 de feb de 2019


Continúo mi historia desde donde la dejé el otro día en este artículo.


Con mi primera novela ya terminada, no podía esperar a que una editorial la publicara; necesitaba mostrarla a la gente YA. Me informé todo lo que pude y me remangué. Diseñé la portada, registré la obra en el registro de propiedad intelectual e imprimí algunos ejemplares en una imprenta online que me hacía bastante buen precio (en aquella época, Amazon todavía no tenía la opción de otorgar a los autores de sus copias de autor). Distribuí la novela entre mis familiares y amigos y me moví por todas las librerías del barrio para que la colocaran en el escaparate (en alguna que otra lo conseguí; en la mayoría solo logré que acumularan polvo en las estanterías interiores). También me las arreglé para organizar sencillas firmas en bares y restaurantes de la zona.


En un par de meses se agotaron los ejemplares de la primera (y corta) edición, y, por supuesto, había amortizado la inversión de sobra, con lo que yo me encontraba en una nube constante. La novela tuvo muy buena acogida entre los lectores, y no me estoy refiriendo solo a las personas queridas, sino también a los lectores desconocidos de muchas partes del planeta. Encargué una nueva tirada de libros e hice nuevas presentaciones cada vez más multitudinarias. La más memorable hasta la fecha fue en Torreperogil, un pueblecito de Jaén, donde presenté la novela a niños, adolescentes y adultos en lo que fue un día inolvidable.

Desconozco los motivos, pero Reflejos en el espejo sigue siendo la novela con más lectores en mí catálogo. Sospecho que su bajísimo precio en su versión digital y el hecho de que pueda englobarse en el género de romance (el más leído en nuestro país), tienen mucho que ver.


En 2013 fui invitado a la feria del libro de Getxo (mi pueblo), donde me topé con la primera gran piedra en el camino. Era un hombre mayor, desgarbado y de sonrisa amarilla, cuyo primer vistazo me hizo pensar en Woody Allen. Era un ilusionista de la palabra y se fijó en mí, un vulnerable e inexperto escritor con muchas ganas de ser leído.


Dejo mis desventuras con el ilusionista para otro artículo, ya que la historia merece un texto propio: será interesante para muchos lectores, y servirá como advertencia para aquellos que estáis empezando y soñáis, como yo en aquella época, con que os lea mucha gente.


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